A esta pregunta una persona común podría contestar con su nombre. No, así es como te llaman (porque ni siquiera lo escogimos nosotros), ¿Quién eres? Tal vez conteste con su profesión. Pues tampoco, eso es a lo que te dedicas. ¿Quién eres? Tal vez podría decir hombre o mujer. Pero tampoco, eso es simplemente su género. ¿Quién eres?
Ante este tipo de “acoso” la persona saca a relucir quien verdaderamente es. El intelectual empezará a describir un montón de cosas, tal vez decir ciertas cuestiones filosóficas cargadas de profundidad mística… sin embargo, el sabio guardaría silencio.
Y es que lo que somos realmente nada tiene que ver con lo que pensemos que somos, no. Lo que somos realmente no tiene que ver con lo que digamos, nada de eso. Somos lo que hacemos. Tan simple como eso. Somos lo que hacemos.
Por eso, luego de la pregunta anterior, podemos evidenciar realmente quién es la persona. No por la respuesta sino por su comportamiento.
Lamentablemente hemos conocido personas muy místicas, muy letradas, muy trascendidas que en un momento dado cuando se les lleva la contraria (en ocasiones con toda la intención del mundo, mea culpa) estallan, relinchan, explotan cual persona común, bárbara e irracional. Entonces, la persona no es lo que dice o presume ser, es simplemente una persona común con muchas cosas en la cabeza. Por ello, dice más de nosotros un gesto, una mirada o una palabra, más que el contenido en sí de lo que digamos. Hay tanto delito cuando se calla cuando se debe hablar que hablar cuando se debe callar.
Una persona cualquiera puede presumir demasiado en algo, pero en el momento menos pensado se le ven sus costuras. Por ello, cuando una persona habla demasiado, en realidad está diciendo más de sí de lo que cree. No es cuestión de fingir a los demás o mantener una apariencia. Para aquellos que son diestros en entender el comportamiento humano no se le escapará nada.
Por ello, cuando te pregunten ¿quién eres? cualquier cosa que hagas lo dirá antes que tus palabras. Compórtate como quieres ser, de nada sirve que digas lo que quieras si con tus hechos no lo demuestras.
Una persona camina por una calle. Ese día se siente bien, contenta: No le molestó despertar temprano, su taza de café le quedó de maravilla, logró tomar el transporte sin contratiempos, en el trabajo o en los estudios todo se dio bien… hasta que encuentra en sentido contrario precisamente a “esa” persona. Hasta allí le llegó la felicidad. ¿Qué ha pasado?

En ocasiones la persona puede enfrentarse a situaciones donde debe aparecer un responsable. Siempre existe un culpable, para todo. La culpa fue de Adán que mordió la manzana, entonces la culpa es de Eva. Pero a Eva le dieron la manzana, así que la culpa es de la serpiente. Pero la serpiente sólo le indicó a Eva lo que habían creado en el Jardín del Edén, por lo tanto ¡la culpa es de Dios!

